jueves, 22 de enero de 2015

Mensaje 53

Enamorarte. Enamorirte.
¿No te pasa, que hay días en los que parece que estás escurriendo un trapo seco?
Y cuando digo trapo, quiero decir cerebro.
Dispararse en la cabeza debe ser un momento.
Pam. Y listo.
Como hacerse un piercing. Pero a lo bestia.
Y con una ventaja: Te ahorras el engorro de las curas posteriores.

Ya lo ves. Me estoy idiotizando involuntariamente.
Por favor, no molestes.
Hace semanas que mantengo conversaciones dormida. Conmigo misma. Sobre mí misma.
Estoy enloqueciendo voluntariamente.
Por favor. 
No molestes.

Me he dado cuenta, que mi cerebro olvida datos. Escenas. Números de teléfono. Miradas.
Todo aquello que cree, que sería tan doloroso que me impediría seguir desvariando.
Supongo que mi mente, me quiere tanto como para crear un inquebrantable mecanismo de defensa.
Una muralla que bloquee. Que la locura acumulada tras tantos años de sudor y lágrimas, no pueda escapar al exterior en cuestión de segundos.

Eso sería una pérdida irreemplazable. Aunque.
Aunque hay pensamientos metafísicos que no echaría de menos.
Exacto. Lo habéis adivinado.
Amoroptimismo.

Porque quizás.
Quizás simplemente no existe alguien para ti.
Quizás la apisonadora que sientes en el pecho, cuando conoces quienquieraquesea. Se ha declarado en huelga.
Incluso, puede que el sentimiento no dependa del alguien. Sino del ecosistema de tu cerebro en ese momento.

Quizás, en el minuto adecuado, hasta podrías enamorarte de una foca monje.
Y quizás, el concepto de amor fue creado por una especie camuflada entre nosotras. Más inteligente que nosotros. Para dominarnos, distraernos y alejarnos de lo que realmente importa.
Similar a la estrategia que muchos burócratas usan hoy en día. Pero mejor.
A su lado, la hipocresía del sistema financiero, la política, la Casa Real y las famacéuticas...son cosa de niñas.

Lo dicho.
Quizás no existe nadie para ti.
Y está bien así.
Debería estar bien así.

Asumo la idea.
Intento controlarme.
Pero ya noto como sube el humo por mis pies. Hacia mi cabeza.
Y me crece una cola de diablo.

¿A quién quiero engañar?
No puedes ser un puto héroe, si no te llegan las medias a la cintura.
De pronto, imagino que tengo más confianza de la que estoy mostrando.

Los curiosos se amontonan y gritan:
Es ella, la muchacha sin corazón que se atrevió a amar. 

Intuyo los flashes de los más osados. Abro la boca y suelto un murmullo - Fotos no, por favor.- Parece que no me oyen. No les culpo. Y es que, mi belleza natural y mi fotogenia forman un tándem perfecto...para cualquier ciego.
- ¡Detenedla! ¡Es un suicidio! ¡No va a lograrlo!

Las voces se hacen lejanas entre los rostros borrosos.
Recuerdo: No puedes tener miedo a las alturas si quieres volar.
- ¡Soltadme! - Te busco alrededor.

¿Dónde estás, amor? No pienso irme sin ti.

miércoles, 7 de enero de 2015

Mensaje 52

Los cambios pueden volverte tan loca, que hasta puedes llegar a parecer cuerda.
Y no hablo de los grandes cambios.
No hablo de esos cambios que llegan como un tornado. Que te preparan para el zarandeo que van a ocasionar en tu vida.
Que te elevan. O te apuñalan.
Pero de frente.

Hablo de los cambios pequeños. Insignificantes. Casi inidentificables.
Que no sabes dónde te van a llevar.
De esos que parecen inocuos. Que vienen a escondidas.
Traicioneros.

Y un día te despiertas. Consciente del hastío que provoca, el cauce lento de los acontecimientos vitales. Esperando una explosión que parece imposible.
Como en una sala de espera. Dónde la visión del reloj, parece la de una vela al fuego.
Suplicando.
Deseando que vuelvan aquellos grandes cambios.
Los que te ponen al borde del abismo.
Esos que te enfrentan contigo misma.
Hacen que sientas el pulso. Latiendo fuerte e incesante, a un lado de tu cuello.

¿Cómo puede alguien estar tan desequilibrada y aguantarse de pie?
Culpable por ser demasiado intrépida.
La temeraria que busca el riesgo. El reto.

Ese reto que te obliga a decidir. Ahora mismo.
A no posponer el momento de empezar a vivir.
Que te obliga a actuar ya.

Te encaras aunque intenten hundirte. Como una serpiente acorralada, que guarda su mejor truco para el acto final.
Y, sin decírlo. Secretamente lo sabes.
Adoras el límite.
Porque puede disipar cualquier duda: sigues viva.

Empieza la función, y frente a ti, te hablan.
Con prepotencia.
-Tienes mala cara.

Y tú, levantas la mirada. Por encima de tus labios rojos.
Con la seguridad de la que lleva razón.
- Los malos, son tus ojos.

Tomas aire. Sonríes. Y piensas que,
nunca un imposible fue tan posible.