martes, 2 de septiembre de 2014

Mensaje 47

Pues bien. Ahí estaba yo.
Sentada en el asiento del copiloto. Yendo hacia casa, después de una desesperante ruptura.
Fue entonces cuando, uno tras otro, los errores del pasado se presentaron frente a mis ojos.
Humillándome.
Echándome en cara lo poco que había aprendido en los últimos años.

¡Qué maldito dolor mortal tan maravilloso!
Saber que nunca más volveremos a describir juntos los colores.
No volver a escuchar jamás, como le quitabas la magia a un "te amo", explicándome lo que significa.
No sufrir más ante tu concepto de lucha. Tan ridículamente opuesto al mío.
Sin la obligación de intentar descifrar tus jeroglíficos. Como arrojados a conciencia para desquiciarme.
Como si ese fuera tu único objetivo: ponerme a prueba.
Divirtiéndote.
Desgarrándome.
Aprovechándote, a sabiendas, de mi espíritu guerrero.
Absorbiendo completamente mi energía.
Con la seguridad, de mi seguridad. De que no iba a soltarte.
Apostándote mi alma cada noche, por ver si aguantaría un día más.

He pasado meses.
He desperdiciado meses replantando los brotes de ese árbol, que te empeñaste en talar. Casi al minuto de crearlo.
Reorganizando el caos que desprendías a tu paso.
Levantándote del hoyo que tú solo cavaste.

Pero ese día, por fin oí el susurro.
Siguiente parada: El infierno.

Y lo único que acerté a gritar fue:
¡Árbol va!

Nuestra relación era tan gélida, que hasta hicimos que los termómetros bajaran en ese agosto de 2014.
Tus sombras me pudieron. Saboreé tu odio.
Y sólo alguien que te quiera lo suficiente, debería poder hacerte el amor como si te odiase.